DESTACADO Por William Jiménez – Coordinador Regional de la Fundación Tiempo de Juego.

Hace algunos meses fui invitado como ponente a un conversatorio organizado por Vased para compartir experiencias de diversas organizaciones que hacemos parte de esa gran familia Vased. Así como yo, por parte de Tiempo de Juego asistió uno de nuestros jóvenes líderes, para compartir su experiencia. Hoy un joven empoderado de sus capacidades y derechos, habló con mucha confianza sobre su experiencia, que se parece en algo a la de muchos otros que asisten cotidianamente a las actividades de Tiempo de Juego. Mientras hablaba noté que los asistentes, si bien se mostraban empáticos y se conmovían con la historia, no parecían ser conscientes de que ellos mismos habían sido parte fundamental de esa transformación comunitaria. Por eso, cuando llegó mi momento de hablar, se vino abajo todo lo que tenía planeado decir y preferí contarles la historia de Don Moralitos: Un adulto mayor que al ver el entusiasmo con el que algunos niños entraban y salían de la clase de sistemas, se puso a preguntarles. En esas charlas descubrió que por medio del computador se puede hablar con personas de otras latitudes. Don Moralitos les contó a los chicos que tiene una gran amiga cuyos hijos decidieron llevarla a vivir a Chile. Nunca pensó volver a tener contacto con ella, pero gracias a la ayuda de los chicos, Don Moralitos volvió a comunicarse con su amiga; desde ese momento don “Moralitos” (qepd) se unió de forma definitiva a los jóvenes.

Después de mi intervención, otro compañero contó la historia de un niño que gracias al apoyo de VASED cumplió el sueño de conocer a Falcao y entrenar con el Real Madrid en España. Nuevamente, mientras él hablaba, me preguntaba si los asistentes entendían que con su ayuda no sólo se cumplió en sueño de un niño, sino que le enseñaron a muchos a todos los niños de ese barrio tan deprimido que los sueños se pueden cumplir y que deben luchar por ellos.

Esas, como miles de historias, son muy difíciles de reportar a un cooperante que lastimosamente se llevan sólo cifras frías; que no le permiten ver como su aporte a una causa puede transformar no sólo una vida si no toda una comunidad.

Finalizando este conversatorio quedé con la incertidumbre de haber logrado, realmente, mostrar que las transformaciones comunitarias se logran con la revolución… con la “revolución de las cosas pequeñas”.